Antes que el tiempo muera en nuestros brazos.
Me atardecerán: caeré oscuro
al fondo mineral de las horas.
Harina aventada,
levantaré de la caída una arboleda,
trazaré en los espejos el tacto
de esta fuga callada
que se arracima amarga
como una mordedura.
Libaré en el cuenco de la madrugada
el fermentado pulso de las guitarras.
Para desplegarme,
para sucederme seré trenza
de tomillo, olorosa campana.
Levantaré de la caída una torre,
venablo sonoro:
inflamadas de incienso las bridas,
yegua de cera, cruzaré la fragua,
pan o ceniza
en las estancias de lo inmutable,
en brazos del tiempo.

